Lola Hernández

Lola Hernández

Mamá, papá: sana tu corazón para sanarme a mí

“Para sanar a la sociedad, hay que sanar a la familia,
pero para sanar a la familia hay que sanar a la familia interior.”
Claudio Naranjo

Decenas de padres de familia se han acercado a mí pidiendo ayuda, herramientas, consejos, estrategias y “soluciones” para lograr que sus hijos cambien su comportamiento. Algunos de ellos buscan que sus hijos obedezcan reglas absurdas que los adultos se sacan de la manga como si fueran el Mago Merlín, y demandan que sus hijos dejen de actuar como si no conocieran la diferencia entre lo que está “bien” y lo que está “mal. Otros, los que tienen hijos con diagnóstico de autismo o alguna otra condición del desarrollo, me buscan desesperados para preguntarme cómo resolver tal o cual comportamiento o reto significativo que están enfrentando con su hijo y no saben a dónde recurrir o qué hacer.

En general, la mayor parte de los adultos me buscan para que yo les dé soluciones y recetas mágicas que en tan solo una o dos semanas, puedan transformar una situación que han estado viviendo por meses y quizá años. Una buena parte de los conflictos que los padres de familia me describen, podrían resolverse escuchando con paciencia y respeto, estableciendo límites amorosos y sanos. Otras situaciones además de requerir paciencia, respeto y límites, requiere de lectura, estudio y consultar a especialistas en el tema.

Muchos de los adultos que me buscan para hacerme preguntas, me localizan a través de las redes sociales. En ocasiones resulta indispensable que me conecte con ellos vía telefónica ya que los desafíos son tan significativos y complejos, que resulta difícil dar un punto de vista a través de una conversación en el chat. Por lo general, después de conversar telefónicamente con los padres de familia llego a la misma conclusión: “los que necesitan sanar son los adultos, los que en realidad tenemos el problema somos los adultos. Quienes verdaderamente necesitamos la guía emocional y transformar la visión que tenemos de los chicos son papá y mamá.

Cada ser humano carga en su espalda un morral lleno de piedras que se han ido acumulando a lo largo de nuestra vida. Algunos de nosotros somos capaces de ir triturándolas o deshaciéndonos de algunas de esas piedras mientras vamos madurando y buscando herramientas que nos ayuden a liberarnos del peso que llevamos. Sin embargo, la mayoría de los adultos llegamos al matrimonio y después a convertirnos en padres de familia, con un morral saturado de mitos, estigmas sociales, etiquetas que nos colocaron, creencias falsas, experiencias dolorosas, historias de abandono, de abuso o de sobre protección.

Otros más, cargamos reglas rígidas con las que fuimos criados sin darnos cuenta que utilizamos esas mismas reglas para medir a nuestros hijos y criarlos bajo esa misma estructura en la que fuimos educados. La gran mayoría de las personas llegamos a la vida adulta creyendo saber que lo sabemos y cuando llegan los hijos, nos damos cuenta que somos tan ignorantes, que en realidad muy poco de lo que hemos aprendido a lo largo de nuestra existencia nos funciona como herramienta poderosa para educar con amor y respeto a nuestros hijos.

Se dice que no existe un manual para padres y menos mal que es así. No puede existir un manual porque el ser humano es tan único y diverso que cualquier manual que pretendiera funcionar para todos terminaría nuevamente colocándonos dentro de una caja con una tapa puesta, tal y como lo ha hecho por muchos años el bien conocido Manual de Carreño. Me permito referirme a este manual porque tengo dos adolescentes, uno de ellos (el mayor) diagnosticado con autismo “clásico”, para él, poner o no los codos en la mesa mientras come es realmente cuestión de comodidad y resulta verdaderamente irrelevante. Por un largo tiempo me importó más que Eric se decidiera a probar y tragar diferentes tipos de texturas, sabores y colores de comida, realmente si subía o no los codos a la mesa, para mí se convirtió en un tema hasta ridículo cuando la complejidad de lo que en mi familia experimentaba a la hora de la comida, iba mas mucho más allá de la preocupación por mantener los buenos modales que Carreño había escrito en su manual.

Estamos enfrentándonos a una era en la que “la respuesta la tienen los niños y adolescentes”. No significa que ellos deben dictar cómo se lleva una familia o los que deciden cómo se establecerán los límites y valores en el hogar. Significa que ellos nos están mostrando claramente que mucho de lo convencional ya no está funcionando, que nuestras creencias de lo que “debe ser” muy probablemente ya no es. Son los más jóvenes quienes nos muestran a través de sus comportamientos y actitudes (con o sin un diagnóstico) que es momento de salirnos de la mente estructurada y rígida que utilizamos para educar y relacionarnos con ellos. Es momento de permitir que los niños se expresen, que sus comportamientos cuenten como un llamado de atención a los adultos para decir: “mi comportamiento es solamente la punta del iceberg, busca en el fondo para que encuentres el origen de lo que estás observando”.

TODO comportamiento comunica, todo comportamiento es una expresión del ser, del cuerpo y del alma que busca manifestarse a través de una forma visual y evidente, para que los que quienes observamos nos demos cuenta que existe una situación por resolver detrás de ese grito, llanto, berrinche, respuesta agresiva, golpe, rebeldía o de esa carcajada, abrazo, de ese silencio y hasta de ese “te amo” que surge de la nada.

Hoy te invito a observarte, a ponerte atención, cuáles de los comportamientos de tus hijos te detonan rabia, dolor, resentimiento, miedo. Qué comportamientos te hacen sentir alegría, armonía, paz, amor… Multiplica infinitamente los momentos en los que sientes esa inmensa alegría cuando estás con tus hijos, saca de tu costal de piedras las expectativas que pusieron en ti mamá y papá y disfruta a tus hijos. Deja de esperar que sean “normales”, que sean como tú o que NO sean como tú. Date permiso de explorar su corazón, de conocerlos y de saber quienes son ellos; no les pongas un techo a sus sueños y a su potencial, TODOS los niños y adolescentes (con o sin un diagnóstico) nos están mostrando que existe otra dimensión de ser, hacer y pensar.

TODOS estamos llamados a ser aceptados, respetados y felices…

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