Lola Hernández

Lola Hernández

Transformarse a través de los hijos

“…Tocamos nuestra propia parte del elefante y pensamos que la nuestra es la única verdad, no apreciamos que la experiencia

de cada persona es una faceta del mismo animal.”

– Leyenda de los ciegos y el elefante

Por largo tiempo he intentado adivinar por qué o para qué llegaron a mi vida Eric e Ivan. Ambos son chicos brillantes, amorosos (a su manera) y personas felices. A través de ambos me he reinventado para construir dos modelos de una misma mamá… ¿por qué dos modelos? Porque he aprendido a ser madre dos veces: una para ser mamá de Eric con su diagnóstico de autismo, y otra para ser madre de Ivan con su diagnóstico de “normal”.

Las que somos mamás de personas con una discapacidad y de personas típicas, necesitamos construir dos manuales de crianza, dos instructivos de lo que “sí” funciona y de lo que «mejor ni lo intentes». Aprendemos a hablar y descifrar dos lenguajes diferentes en el mismo idioma, volteamos a la derecha para preguntar a un hijo: “¿tienes hambre?”, y después a la izquierda enseñando una tira de papel con imágenes (pictogramas) para descifrar si el grito del otro niño significa: “tengo hambre”.

Soy mamá de dos adolescentes a los que he criado como hijos únicos. Mi experiencia de madre es como la de un cuadro surrealista de Picasso en el que resulta difícil encontrar la lógica, en dónde el artista puede darse el lujo de dibujar las manos de humanos que parece que fueran de otra dimensión. En esa dimensión las manos pueden tener dedos de pan, dos dedos pulgares o estar conformadas únicamente por tres dedos.

En mi vivir, la rareza, lo ridículo, lo impensable, lo socialmente inaceptable es precisamente lo que le ha dado una parte del sentido a mi vida, es “eso” lo que me ha motivado a encontrar alternativas para solucionar comportamientos que en algún momento observé cómo ridículos e inaceptables; como cuando Eric no dejaba de aletear sus brazos y caminar de puntas en cualquier sitio al que íbamos; se bebía los refrescos de las personas que descuidaban su vaso con Sprite en el restaurante; cuando les tocaba los tatuajes a personas extrañas sin pedir permiso, cuando se tiraba al piso para verles las uñas pintadas de los pies a mujeres que llevaban sandalias; o cuando entraba sin pedir autorización a las habitaciones de las casas de personas que nos abrían la puerta para darnos dulces el día de Halloween…

Mi experiencia es una obra de arte sin sentido común, sin lógica, fuera de todos los estándares sociales de buenos modales, esos modales que quizá fueron pensados para satisfacer las necesidades de algún adulto que no quería lidiar con el comportamiento de un niño o niña, y decidió crear un manual de comportamiento en lugar de crear un manual de convivencia respetuosa entre padres de familia e hijos/as.

Han pasado 20 años del diagnóstico de Eric, no sé si he hecho un buen papel o no, prefiero no medirme, ponerme una etiqueta o calificación. Lo único que sé es que he hecho lo mejor que he podido, bajo las circunstancias que he vivido, con los recursos que he tenido disponibles y con mi propio sistema de creencias que he intentando ir rompiendo para ver con mayor claridad.

Mi experiencia me ha enseñado a soltar lo que mi mente lógica creía, a liberarme de aquello que aprendí como una verdad absoluta, que me llevó a vivir a través del prejuicio y el “qué dirán?”.

Aprendí que las personas que se interesan por mi familia son las que no me ven como una víctima en las garras del autismo; me dan el tiempo y apoyo para Eric para que sea necesario para que yo siga construyendo; me regañan cuando lo necesito y me abrazan en silencio cuando saben que eso es lo único que pueden hacer en ese momento.

Nunca imaginé ser madre de un chico con tantas necesidades de apoyo y de otro que más bien me apoya en mis necesidades. Es una experiencia que me ha llevado a trascender en esta vida mucho de lo que en la pasada no supe comprender.

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